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Grandes crisis de vida 3ª parte Un matrimonio problemático

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Mi segundo artículo sobre algunos de los acontecimientos más impactantes de mi vida terminó, después de tomar la difícil decisión de acabar con un amor que, debido circunstancias nada favorables, se había convertido en sufrimiento.

Pasé unas semanas en una especie de shock, refugiándome bastante en mi casa, tal como había hecho en el último año y medio, hasta que me apeteció cambiar de vida para comenzar una nueva etapa, en la que salía mucho, especialmente a bailar en las discotecas de moda en Alcudia y alrededores.

Siempre me había encantado bailar libremente en las pistas y, en esos momentos, encima me servía de terapía. Cuando bailaba, entregándome totalmente al ritmo de la música, entraba en una especie de trance que, al mismo tiempo, me limpiaba de tristezas y me llenaba de energías renovadas.

Me daba cuenta de que atraía la atención de muchos hombres, sin embargo, durante casi un año, no me interesaba en absoluto estar con nadie. Por un lado, estaba curando mis heridas y, por el otro, seguia profundamente enamorada de mi amor. Incluso llegue a pensar que nunca más pudiera enamorarme y ni siquiera sentirme atraída por alguien. Mi amor había dejado el listón muy alto.

Resulta curioso que en la vida, a menudo encuentras algo, cuando menos lo buscas. 

Una tarde lluviosa de invierno, al entrar en un bar que solía frecuentar, mis ojos se cruzaron con los ojos de un hombre y sentí que un rayo me atravesó todo el cuerpo.

!Cual fue mi sopresa cuando de golpe podia volver a sentir algo por alguien!

Él era el piloto privado de un empresario alemán que venía bastante a Mallorca y vino a Alcudia, invitado por la dueña del bar. Desde el primer instante se notaba que le pasaba lo mismo y que ambos sentimos una fuerte atracción a primera vista.

Esa noche rompí con uno de mis principios: no acostarse nunca con alguien en la primera cita y me fui con él a su hotel en Palma, donde pasamos una noche realmente hermosa.

En esos momentos no me importaba que quizá solo fuera por esa noche, porque por fin alguien que me hacía sentir mujer de nuevo. Encima tenia algunos rasgos de mi amor, más o menos la misma edad, era un caballero educado, culto, divertido, audaz, romántico y sensible, además de muy atractivo.

A la mañana siguiente pensaba que nos íbamos a despedir para siempre, sin embargo descubrí que él tenía la firme intención de volver a verme cada vez que venía a Mallorca. Me sentía halagada y ilusionada, porque me lo pasaba divinamente con él, aunque en todo momento estaba consciente de que mi corazón seguía perteneciendo a otra persona.

Después de romper el hielo con el piloto, empezaba a flirtear y coquetear con otros hombres que me gustaban. Las personas que me conocían de antes, al principio no daban crédito a esa nueva versión mía. Se puede decir que pasé de ser una mujer romántica e idealista a una mujer seductora que simplemente quería pasárselo bien.

En ningún momento mentía a alguien y dejaba bien claro que no buscaba nada serio, además de ser una compañía agradable, cariñosa y alegre.

Esa etapa de mi vida me hizo descubrir algo que sigo observando hoy en día: Cuanto más esquiva y menos interesada me mostraba con los hombres, más se obsesionaban conmigo e intentaban conquistar mi amor a toda costa.

Desde el principio de mi relación con el piloto sabia que tenia novia en Alemania y que también se veía con otras mujeres, pero me daba igual.

Cual fue mi sorpresa, cuando, después de un año, me confesó que se había enamorado de mi y queria que me fuera a vivir con él a su casa de Alemania. Obviamente no quise aceptar su propuesta, porque no sentía lo mismo y, a partir de ese momento, nos veíamos cada vez menos. No era mi intención hacer sufrir a nadie, porque conocía de sobra lo que significa sufrir por amor.

Poco después, una amiga me presentó a un hombre iraní, que era otro caballero de los que me gustaban, y no tardamos en salir juntos. Tanto con él como con el piloto disfrutaba de una vida de lujo: restaurantes y hoteles caros, conciertos, ópera, regalos, viajes,etc. Tenía una vida con la muchas mujeres sueñan, no obstante nada lograba llenar el vacío de mi corazón.

Después de un año, mi novio iraní también quería formalizar nuestra relación y al no aceptarlo, incluso llegó a ofrecerme regalarme un piso para vernos cuando yo quería. Igualmente lo rechace, pues no era mi intención convertirme en una mujer florero.

Al cabo de unos tres años empecé a percibir que ya no me llenaba nada esa vida que se me antojaba cada vez más superficial, así que nuevamente opté por dar un giro radical a mi vida.

Convencí a mis padres para invertir en un ático en el Puerto de Alcudia y por mis buenos contactos no tardé en encontrar uno adecuado. Al mismo tiempo decidí aprovechar al máximo mis conocimientos de varios idiomas para dedicarme a la traducción y a dar clases de idiomas.

Ese verano conocí a un grupo de estudiantes madrileños que trabajaban en Alcudia durante las vacaciones de verano. Pasé uno de los veranos más divertidos de mi vida con ellos y nació una linda amistad entre nosotros.

Luego ellos me ayudaron a matricularme en Madrid para sacar los títulos necesarios en unos estudios a distancia, para los que sólo tenia que presentarme a los exámenes una vez al año.

Ese mismo invierno, en una fiesta en casa de unos amigos, conocí al que luego sería mi marido y la relación más larga de mi vida. Él era el alma de la fiesta, una persona muy extrovertida que derrochaba alegría y simpatía, sin embargo yo precibía que esa faceta era más bien una fachada con la que ocultaba su inseguridad.

Me caía bien y me reía con él, aunque no era la clase de hombre que me solía atraer enseguida.

En Navidades vino a buscarme a casa de mis padres y me invitó a casa de su hermana que no vivía lejos del pueblo de mis padres. Cuando, en febrero del año siguiente, vino a Mallorca para quedarse, me parecía lo más normal del mundo ayudarle a que se instalara lo más rápido posible.

Me enteré de que se estaba recuperando de un gran revés en su vida. Supuestamente, después de perder mucho dinero en un negocio, su mujer le había abandonado. En esos momentos se presentaba como una víctima y me enteré demasiado tarde que lo habia provocado él solito por su mala cabeza.

Al echar la vista atrás, sé que cuando empezamos nuestra relación, simplemente me deje llevar. Esa vez ni siquiera me opuse a que viniera a vivir conmigo a las pocas semanas. Todo parecía encajar bien, nos llevábamos bien, aunque en fondo más como amigos que como pareja.

Más adelante, mis padres lo acogieron encantados como un nuevo miembro de la familia y por mi parte, adoré a mi futura suegra desde el día en que la conoci, y me llevaba divinamente con el hijo de su primer matrimonio.

De alguna manera interpreté todo como señales del destino para estar juntos.

Los primeros años fueron bastante buenos y nos ayudábamos y apoyábamos mutuamente. Al principio él se portaba bien conmigo, aunque en algunos momentos de tensión ya vislumbré su carácter colérico que trataba de esconder.

Al conocerle mejor, llegue a aceptar que yo tenía que ser la fuerte y el pilar de la relación. Él era una especie de Peter Pan que no quería madurar nunca, por lo que desde el principio me tocaba a mi encargarme de las cosas que le resultaban desagradables.

Hoy entiendo perfectamente que, poco a poco, caí en las trampas de mi árbol genealógico no resuelto: Por una parte asumí el papel de protectora, igual que mi padre con mi madre, y, por otra parte, como él abusaba bastante del alcohol, igual que mi padre, después de la enfermedad de mi madre, quería demostrarme a mi misma que, si era una mujer comprensiva que apoyaba a su pareja, conseguiría que dejara de refugiarse tanto en el alcohol.

Durante los primeros seis años simplemente compartíamos nuestra vida sin necesidad de papeles por en medio.Cuando finamente decidimos casarnos, lo hicimos más bien para contentar a nuestras madres que tenían muchas ganas de vernos casados.

Nuestra boda fue un evento memorable que duró tres días, a la que invitamos a toda la familia y a muchos amigos, sin embargo, por muy bonito que fuera todo, lo cierto que el día de mi boda ya me casé con un nudo en la garganta.

Poco antes de casarnos, pasamos unos días en la feria de Sevilla y hubó un incidente que me debería haber hecho rectificar y cancelar la boda.

En algún momento, por un simple capricho, él se cabreó tanto que se fue solo con el coche alquilado, dejándome sin dinero en medio de Sevilla, teniendo el hotel en las afueras. Conseguí coger un taxi y pagarlo en el hotel y luego él me pidió disculpas. Todo eso me habia dejado un mal presentimiento y empezaba a vislumbrar que mi matrimonio no iba ser un lecho de rosas.

! Y efectivamente resultó ser así!

Una vez casados, poco a poco, mi flamante marido empezaba a relajarse, pensando que ya no tenía que portarse bien, porque ya era su mujer a la que no tenía que seguir complaciendo.

En el fondo teníamos todo para poder ser felices: Él tenía su título de arquitecto convalidado, estaba trabajando por su cuenta y no le faltaron clientes y buenos encargos.

A mí también me iba estupendamente con mis clases y traducciones. Podíamos permitirnos salir y viajar a menudo, pero cada vez le pillaba con más mentiras y, a menudo, no le importaba dejarme plantada con la mesa puesta sin presentarse ni avisar.

De alguna manera, le estaba subiendo a la cabeza el éxito que empezaba a tener y decidió dejar casi todo el trabajo en manos de otros para hacer lo mínimo y tener tiempo para pasarse horas en bares, donde fanfarroneaba de sus hazañas.

Nunca me gustó nada ese rasgo de su carácter, por eso prefería acompañarle cada vez menos y, con el paso del tiempo, prácticamente vivíamos vidas paralelas, cada uno por su lado.

¿La gran pregunta es: Por qué no lo dejé cuando lo nuestro empezó a deteriorarse cada vez más?

No es tan fácil dar con la respuesta adecuada. Por un lado, me negaba a reconocer que nuevamente mi relación hacia aguas y,por el otro, estaban mis padres y mi suegra, a los que tampoco quería disgustar.

Creo que razón principal fue que en el fondo me sentía mal por no estar realmente enamorada de él y por eso creía que era mi deber tratar de ayudarle a enderezar su vida.

Hoy sé que me casé con un hombre con un carácter muy complejo, que, por un lado, era una persona encantadora que sabia encandilar a la gente para conseguir sus objetivos. Pero al mismo tiempo, era una persona bastante insegura, cambiante e inmadura que se negaba a asumir responsabilidades. Era como un niño mimado que solamente quería vivir a su modo, sin importarle perjudicar a los demás, o sea una persona bastante narcísita.

Con el paso del tiempo, cada vez compartíamos menos cosas, e incluso nuestra intimidad llegó a ser prácticamente inexistente, porque él llegaba bebido a casa la mayoría de las noches y a mí tampoco me apatecía estar con él. De ese modo, siendo una mujer en la flor de la vida, no me sentía nada satisfecha con mi vida en pareja.

Después de cuatro años de casados, estaba tan harta que decidí cortar con él durante las vacaciones de verano. Mi esposo quedó muy sorprendido y no se lo esperaba .Por primera vez en mucho tiempo pudimos hablar en profundidad de lo que nos estaba pasando y me prometió cambiar si le diera otra oportunidad.

En esos momentos le dije que necesitaba tiempo para reflexionar y le puse como condición que por fin trasladara su despacho de arquitectura, que casi ocupaba la mitad de nuestra casa, a otra parte, porque ya no soportaba tener la casa llena de gente todo el día.

A la vuelta a Mallorca, no tardó en encontrar un sitio ideal para poner el despacho que incluía un estudio que podía alquilar a muy buen precio, por ser propiedad del suegro de su secretaria.

Como siempre le había gustado presumir de tener lo mejor, encargó maquinas y muebles de la mejor calidad, además de un todoterreno de lujo con un préstamo que supuestamente le iba a conceder la caja de arquitectos. 

Lamentablemente, una vez que ya estaba todo montado, el banco exigió un avalista para concederle el préstamo y ese avalista tenía que ser yo por tener propiedades a mi nombre.

! Me di cuenta rápidamente que me había caído en una trampa sin salida !

Si me negaba a firmar el aval, se lo iban a llevar todo, perjudicando seriamente su reputación profesional, además de dejarle sin posibilidad de seguir trabajando. Sentía que toda la responsabilidad caía encima de mis hombros, así que no me quedó otro remedio que firmar, a pesar de intuir que me iba a traer serios problemas.

Con respecto a nuestra vida personal, los primeros meses intentó cumplir su promesa de cambiar, pero, poco a poco, todo volvía a ser exactamente igual que antes. Cuando quise reaccionar, separándome definitivamente de él, la vida me tenía guardada otras sorpresas que requerían toda mi atención.

Cuando estuve a punto de terminar con nuestra relación, nos llamó mi cuñado para comunicarnos que a mi suegra le habían diagnosticado una leucemia aguda en fase terminal.

En ese mismo instante sabía que tenía que aplazar mi decisión. No era capaz de amargar los últimos meses de mi suegra, a la que siempre había querido y admirado mucho, y tampoco podía añadir un nuevo disgusto a mi marido en momentos tan dramáticos.. 

Hay un refrán popular que dice que las desgracias nunca vienen solas y en ese caso resultó ser totalmente cierto.

Poco después de fallecer mi suegra, mi propio padre tuvo que ser ingresado en urgencias, y le tuvieron que amputar una pierna, debido al descuido de su diabetes durante tantos años. Como de costumbre, mi madre era incapaz de afrontar la situación por sí sola, así que tuve que marcharme inmediatamente a casa de mis padres para encargarme de todo.

Durante el año que mi padre seguía vivo, saliendo y entrando en clínicas, porque sus heridas no cicatrizaban bien por la diabetes, prácticamente me pasé la mayor parte del tiempo en Alemania, cuidando de los asuntos familiares.

En las pocas semanas que pude pasar en Mallorca, me dí cuenta de que mi marido habia perdido completamente el norte y había empezado a beber todo el día, descuidando totalmente su trabajo y disgustando a los pocos clientes que le quedaban.

Después de perder a su madre y no tener a nadie a su lado que le controlara, había comenzado su viaje a los infiernos. 

En las últimas semanas de su vida, mi padre me pidió que me hiciera cargo de mi madre, cuando el faltara. Ella no podía seguir viviendo sola en Alemania y lo mejor era llevármela a Mallorca para que viviera en un apartamento que mis padres se habían comprado años atrás. De ese modo iba a estar bajo vigilancia continua.

Nunca quise hablar con mi padre de lo mal que iba mi matrimonio para no preocuparle, pero estoy segura de que en el fondo lo sabía. Después de su funeral y de haber organizado todo para la mudanza definitiva de mi madre a Mallorca, no pude aguantarme más y les confesé a ella y a mis primos que nada más llegar a Mallorca me iba a separar de mi marido.

Afortunadamente mi madre se lo tomó bastante bien y, al enterarse de las fechorías de su yerno, me apoyaba en todo.

Al llegar a Mallorca con mi madre, le deje una carta explicándole los motivos de mi decisión irrevocable. No me atreví a decírselo directamente a la cara por precaución, porque una vez me tiró un cuchillo en un ataque de cólera y sabía que podía volver a pasar.

Como era de esperar, se lo tomó fatal y para firmar los papeles de divorcio de mutuo acuerdo, me exigió seguir viviendo en mi casa durante casi un año más. Lo acepté a regañadientes para quitarme ese peso de encima y tres meses más tarde firmamos el divorcio.

Durante casi medio año nos hacia la vida imposible, llamando a la puerta de mi madre a altas horas de la madrugada, porque yo me había ido a vivir con ella, y llamándome al móvil a cada rato.   

Es facil imaginarse que, debido a mis largas ausencias durante un año, se habían dispersado casi todos mis clientes. Tuve la suerte de que a las pocas semanas, un amigo me habló de una persona que buscaba a alguien con mis conocimientos de idiomas y de costumbres de Mallorca para montar una inmobiliaria, y poco después, estaba trabajando con él como su mano derecha.

Esa vez la suerte me acompañó y mi madre se adaptó bien a su nueva vida en Mallorca. Antes de empezar en mi nuevo trabajo, le expliqué a mi jefe que necesitaba uno o dos dias cada semana para estar con mi madre y hacerme cargo de sus asuntos y, afortunadamente, él lo aceptó.

Después de un año decidí que por fin había llegado el momento de distanciarme de mi vida anterior en Alcudia.

A comienzos del año 2000 aproveché la energía del nuevo milenio para buscarme un apartamento cuco en el casco antiguo de Palma para comenzar otra etapa de mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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