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Grandes crisis 5ª La difícil decisión de cuidar a mi madre durante años

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Este va ser el último artículo sobre los acontecimientos más destacados de mi vida hasta la fecha, que han contribuido a convertirme en la persona que soy hoy en día. (Luego escribiré otro sobre los años posteriores hasta ahora)

Como se trata de acontecimientos más recientes, no hubiera sido capaz de sumergirme nuevamente en aquellos tiempos hasta hace muy poco. Sin embargo, ahora tengo la certeza de que este es el momento idóneo para escribir sobre aquello con la intención de liberarme por completo de las marcas y heridas del pasado y poder empezar una etapa nueva.

Además me gustaría que mi artículo sirviera para brindar apoyo y motivación a personas en situaciones similares.

Mi último artículo ya terminó con la descripción de la avanzada decreptitud de mi madre que me negaba a asimilar en toda su extensión. Y como mi deseo era distraerme, la vida me ofreció una oportunidad excelente para hacerlo.

Solo algo más de medio año antes de que mi vida cambiara completamente, una persona entró en mi vida como un torbellino. En esta ocasión no se trataba de un nuevo amor, sino de una nueva amistad muy estrecha.

A primera vista, parecíamos ser muy distintas, pero al conocernos en profundidad, no tardamos en comprobar que interiormente nos unían muchas cosas y que nos entendíamos a la perfección. Nuestra mutua agudeza mental y sensibilidad destacada, junto a algunas experiencias similares. nos ayudaban a comunicarnos con una gran fluidez y a descubrir nuevas ideas juntas.

Si en el año anterior había salido más bien poco para llevar una vida bastante tranquila, con esa nueva amiga volvía a salir mucho y nuevamente me encantaba pasar horas en las pistas de baile y tener una vida social muy intensa. Me sentía con ganas de comerme el mundo y francamente fueron unos meses muy alegres y memorables que me llenaron de mucha energía.

Las vacaciones del verano del 2011, en casa de una amiga en Suiza, fueron las ultimas vacaciones y la última vez que pude salir de la isla en muchos años.

Durante esas vacaciones, ya recibí el aviso del suceso que iba a cambiar mi vida por completo. Pocos días antes de regresar, me llamaron del hospital de Inca para comunicarme que habían ingresado a mi madre, que se había desplomado en plena calle. Mi madre intentó tranquilizarme por teléfono, pero ya estaba muy preocupada en los días anteriores a mi regreso.

De vuelta en Mallorca, intenté organizarme para poder seguir con mi vida y al mismo tiempo asegurarme de tener a mi madre vigilada. Por eso le pedí a una chica que hace algún tiempo limpiaba en casa de mi madre, que fuera cada dia unas horas a verla entre semana, aparte de convencer a madre de no salir sola a la calle.

Todavia recuerdo con nitidez el momento, en que tomando algo con un amigo en una terraza al atardecer, recibí la llamada de esa chica para avisarme de que ya no podía hacerse cargo de mi madre. Resultó que ella se había caído por segunda vez dentro de casa y por eso necesitaba a alguien que estuviera con ella las 24 horas del día.

Sigo recordando el sabor amargo de las lágrimas que caían por mis mejillas, porque en ese instante sabía que todo mi mundo se estaba derrumbando delante de mis narices.

Llegue a Alcudia con la certeza de no poder volver a mi vida en bastante tiempo, sin embargo no podía ni imaginarme el horror de los próximos meses y menos mi propio colapso nervioso.

En las siguientes semanas, el avance del deterioro físico de mi madre se aceleraba a pasos gigantescos y además tuvo una nueva crisis nerviosa que provocó que mi pobre madre, en su impotencia de aceptar su declive, se volvió sumamente agresiva. Casi todo el tiempo me insultaba, me triraba todas las cosas que podía coger y no me dejaba dormir por las noches.

Mientras tanto, me pasaba horas interminables en el ayuntamiento para solicitar la ayuda de una asistenta social y afortunadamente poco después quedo una vacante y nos asignaron una asistenta buenísima que me enseñó muchas cosas útiles para atender a personas dependientes.

Después de nada más de dos meses, mi madre apenas podía dar unos pasos con ayuda ajena y ya no podía ni comer ni beber sola. Insistí para que la ingresaran en un hospital para hacerle unos análisis y saber que era lo tenía y si había algo para paliarlo.

El día en que hospitalizaron a mi madre, pude salir por primera vez en semanas con amigas y pasar la noche en mi propia cama en Palma. A la mañana siguiente, toda la angustia, los nervios acumulados y las noches en vela de las últimas semanas, me pasaron factura y tuve la primera crisis nerviosa de mi vida.

Me desperté con unos dolores insoportables por todo el cuerpo que solo se apaciguaban un poco, cuando me sumergía en agua caliente en la bañera. Además era incapaz de ingerir nada más que caldo y cosas blandas.

Pasaron varios días hasta que me vi capaz de salir de casa nuevamente para ir a ver a mi madre a la clínica y hablar con los médicos que le atendieron. Afortunadamente mi amiga les había avisado enseguida de lo que me pasaba y por qué no podía ir a verla antes.

Los médicos que confirmaron que, aparte de varias embolias cerebrales pequeñas, mi madre tenía una enfermedad degenerativa, parecida al ELA, que le iba a dejar cada vez más en estado vegetativo, pero que aún podía vivir bastantes años en ese estado. Me decían que atenderla personalmente iba a ser excesivamente duro, por lo que me recomendaron buscar una residencia para atenderla 24 horas al día.

Lamentablemente había listas enormes en las residencías públicas, y por lo tanto debía ser una residencía privada o buscar algo en Alemania. El tema de la residencia privada también lo descarte rápidamente, al enterarme de los precios altísimos para casos de dependencia total.

Debido a su bipolaridad, mi madre siempre había sido una compradora compulsiva y de esa manera tenía pocos ahorros. Además, después de todo, yo también notaba las consecuencias del momento más álgido de la crisis económica y me veía incapaz de afrontar esos gastos sin ingresos fijos.

Además, después de perder mi piso por culpa de las deudas de mi ex, me negaba a perder el último patrimonio que me quedaba, vender el apartamento de mi madre y quedarme con nada de valor a mi edad. En esos momentos pensaba que la mejor solución que me quedaba era tratar de encontrar una residencia pública en Alemania.

Cuando le dieron el alta a mi madre dos días antes de Navidad, me vi completamente sola con una persona totalmente impedida. Se me cayó el ánimo al suelo y sentí una gran desesperación por no saber como podía afrontar la situación, sin derrumbarme por completo. Me sentía atrapada en un callejón sin salida y no veía escapatoria por ninguna parte.

Ya en los meses anteriores, me había dado cuenta del temor que producen las situaciones límites en muchas personas y que prefieren mantenerse al margen para no enfrentarse con la cruda realidad. Como consecuencia de esa conducta, las personas afectadas se sienten más aisladas y decepcionadas que nunca.

Curiosamente en mis momentos de mayor desesperación, descubrí que algunas personas, de las que estaba segura de que iban a apoyarme, frecuentemente se mostraban reacias e intentaban escaquearse, mientras que otras, que tal vez no veía con tanta frecuencia, no dudaron en ofrecerme su ayuda incondicional.

Definitivamente, las navidades del 2011/2012 resultaron ser los días más duros que he pasado hasta la fecha. Me daba perfecta cuenta de que, al margen de mi madre, ya no me quedaba ninguna familia, aparte de unos primos. Como tampoco tenía pareja, ni hijos, me sentía totalmente sola y abandonada.

Anteriormente había considerado a mis amigos como una familia libremente elegida, pero la gran mayoría de ellos tenían su vida en Palma, mientras que yo me veía obligada a estar nuevamente en Alcudia, el escenario de la mayoría de los acontecimientos dramáticos de mi vida.

Tampoco era una opción traer a mi madre a Palma, porque mi apartamente era muy pequeño y además podia tardar mucho tiempo en conseguir una asistencia social que ya teniamos en Alcudia.

Con todo ese panorama, mi angustia interior iba en aumento, hasta que el día de Navidad me tocó vivir un percance que no olvidaré en la vida.

De repente, y sin previo aviso, se me cerró la garganta y tenía la sensación de ahogarme y todo eso ante la mirada atemorizada de mi madre. No sé cuánto tiempo duró realmente ese percance, pero me parecía eterno y llegue a pensar que habia llegado mi final.

En ese momento, mi propia vida me importaba más bien poco, y una parte de mí anhelaba terminar con todo, pero, al mismo tiempo, sentía que no podía dejar a mi madre sola en esas circunstancias. Esa certeza finalmente me dio fuerzas para calmarme y restablecerme.

A la mañana siguiente, fui de urgencias a la clínica de Muro, donde me diagnosticaron un fuerte ataque de crisis de ansiedad y me dieron medicamentos. Sin embargo entendieron que poco más se podía hacer por mí, porque tenía que seguir al pie del cañón y atender a mi madre.

Lo cierto es que hasta el día de hoy, solo tengo recuerdos bastante borrosos de los días siguientes, pero sé que algo cambió dentro de mí.  Al verme tan frágil y vulnerable, mi ser interior decidió crear una fuerte coraza de protección para insensibilizarme y poder seguir adelante sin desfallecer ante los desafíos que se presentaban.

Al comienzo del año nuevo, me sentía algo más fuerte y, con la ayuda de una amiga de mi madre en Alemania, conseguí contactar con una residencia pública en el pueblo donde habían vivido mis padres, y efectivamente se prestaron a acoger a mi madre, en cuanto pudiera organizar el traslado.

Es curioso que, a menudo, en cuanto se presenta una salida a una situación complicada, todas las cosas empiezan a mejorar. 

Por una lado, me recomendaron a una chica peruana cariñosa y responsable para quedarse con mi madre algunas noches y ayudarme los fines de semana, cuando no venia la cuidadora social.  Y como por arte de magia, mi madre dejó de mostrase agresiva para volverse agradecida, mansa y casi alegre, porque obviamente se había rendido a la situación.

Debido a esos cambios favorables, yo misma también me sentía cada vez más tranquila y confiada, y empezaba a gastarle bromas a mi madre, a cantarle canciones y a llenarla de besos y caricias. Nuestra relación siempre había sido difícil y conflictiva, debido a su bipolaridad, y entendí que esa era una oportunidad de oro para sanarla.

! Y efectivamente nuestra relación se volvió más cariñosa y armoniosa que nunca !

De alguna forma, de repente sabía con certeza que, bajo ningún concepto, podía permitir que mi madre pasara la última etapa de su vida sola y abandonada en una residencia. Me tranquilizó el hecho de saber que tenía elección y me ayudó a tomar la difícil decisión de hacerme cargo de su cuidado el tiempo que le quedaba.

Después de tomar esa decisión, me sentía aliviada y con la consciencia tranquila, a pesar de saber que eso significaba sacrificar prácticamente toda mi vida personal durante mucho tiempo.

! Y como sí el universo quisiera mostrarme que iba por el buen camino, muchas cosas empezaron a fluir y a ponerse en su sitio!

Con mucha insistencia, al cabo de unos meses, conseguí que la seguridad social alemana le pagara una pensión suplementaria a mi madre por su estado de dependencia del más alto nivel. Y al mismo tiempo se fueron solucinando otros frentes abiertos. Pude comprar una silla de ruedas de segunda mano en buen estado y, algo más tarde, también conseguimos una cama de hospital y un colchón especial para que mi madre estuviera lo más cómoda posible.

La aceptación total de una situación límite sin juzgarla y el propósito de tratar de verla como una oportunidad para efectuar un acto de amor incondicional, provocó que pudiéramos conseguir mucha ayuda de diferentes partes.

También la llegada de nuevos amigos a mi vida me ayudaba bastante a soportar el tedio de mi día a día en Alcudia. Especialmente el ex de una amiga se convirtió casi en un hermano para mí, y muchas tardes, cuando mi madre ya dormía, me reunía con él para charlar, tomar algo y distraerme un poco.

Afortunadamente, después de conseguir la paga de dependencia de mi madre, podía permitirme bajar a Palma dos noches a la semana para volver a la mañana siguiente temprano, antes de que llegara la asistenta social, mientras que la chica peruana se quedaba en casa con mi madre.

En esas noches en Palma solo quería distraerme y despejar la cabeza y, a menudo, salía hasta altas horas de la madrugada y eso me daba fuerzas para afrontar la rutina siempre igual junto a mi madre er resto de la semana. 

A las personas que estén en situaciones similares, les recomiendo que traten de cuidarse a sí mismos y tener momentos exclusivamente para ellos, porque eso es imprescindible para poder seguir cuidando a una persona dependiente de la mejor manera.

! De todos modos, cuando ya me encontraba bastante mejor, la vida nos tenía preparada otra sorpresa desagradable!

Un día recibí una carta del seguro de jubilación alemana de mi madre para informarnos de que, a partir de ese año era obligatorio tramitar desde Berlin todas las pagas de jubilación de los asegurados que vivían en el extranjero y que durante la tramitación se cancelaba la paga de la pensión.

Obviamente fue como un jarro de agua fria y nos ponia en una situación muy difícil de sobrellevar en tales circunstancias. Les llamé casi a diario para explicarles nuestra situación dramática y la urgencia de solucionarlo cuanto antes.

Esa nueva situación extrema amenazaba nuevamente mi frágil equilibrio interior. Menos mal que, gracias a mi insistencia, tardaron solo tres meses en arreglarlo, en lugar de medio año como me habian vaticinado al principio.

Después de ese incidente, no hubo más sobresaltos en bastante tiempo y los días y semanas pasaban con mucha lentitud y mucha rutina. Cuanto más tiempo pasaba, más me sentía como viviendo en un burbuja fuera de la vida real y empezaba a sospechar que no iba a ser nada fácil volver a mi vida anterior.

A pesar de que mi madre estaba tranquila, cada vez se podía mover menos y en el último año de su vida se quedó en estado casi vegetativo, sin poder mover un solo dedo de su cuerpo, pero con la mente bastante clara.

Todas las personas en situaciones parcecidas saben todo lo que esto conlleva, y que no bastaba con ponerle pañales, sino que había que sacarle la defecación a dedo, curarle la llagas incipientes que aparecian y cambiarla de postura cada tres horas, incluidas las noches, entre muchas otras cosas.

Se me hacía cada vez más difícil ver su lento e inexorable declive y me consumía de lástima y de impotencia por no poder hacer nada más que darle toda mi atención y todo mi amor.

A pesar de que mi madre tenía la mejor atención posible y estaba rodeada de mucho amor, el hecho de vivir su proceso degenerativo tan de cerca, me hizo comprender que para nada lo quisiera experimentar en mis propias carnes y me he convertido en una fiel defensora de la eutanasia y la muerte digna.

Unos pocos meses antes del fallecimiento de mi madre, la cuidadora particular me informó de que le habían ofrecido un trabajo para cuidar a un señor dependiente que incluía alojamiento para su marido y sus dos hijos y que le convenía aceptarlo para ahorrarse el alquiler y los gastos.

A esas alturas no podía permitirme perderla y sin pensármelo dos veces, le pregunté espontáneamente si estaba dispuesta a aceptar las mismas condiciones en casa de mi madre, cosa que ella aceptó encantada. Le dije que necesitaba unas semanas para vaciar todos los armarios y cajones y especialmente una habitación que mi madre tenía de trastero y que iba a ser el cuarto de los niños,

Como a la cuidadora le correspondían dos días libres a la semana, hable con una amiga de Alcudia para poder dormir los fines de semana en su casa, porque en casa de mi madre era imposible que durmieran tantas personas.

Todas mis dudas acerca de la reacción de mi madre se disiparon rápidamente. Entendí que la vida parecía hacerle un regalo en sus últimos meses, cuando, de repente, la casa se llenaba de la alegría y del calor de una familia encantadora. Especialmente los niños le hacían muchísimo caso y, a mi madre, se le iluminaban los ojos al verles. Además me seguía teniendo a su lado los fines de semana y los lunes por la mañana.

Unas dos semanas antes de su muerte, una noche me desperté sobresaltada en mi cama de Palma por el susurro de la voz de mi madre que me avisaba de que estaba cansada de vivir así y que deseaba volver a su verdadera casa, a sea que vino para advertirme de su muerte casi inminente.

Estoy segura de que eligió deliberadamente el momento de su muerte, porque quiso volver a pasar todo el fin de semana y la mañana del lunes con su hija. Ese fin de semana tenía bastante fiebre y hoy sé que ya eran las señales del comienzo de la agonía, pero ni siquiera los médicos, a los que llame inmediatamente, supieron reconocerlo y me dijeron que no me preocupara.

Estaba intranquila y algo en mi quería quedarse, pero al preguntarle directamente a mi madre, si deseaba que me quedara, ella me lo negó varias veces con el hilo de voz que le quedaba. Todos me convencieron para irme, diciéndome que no podía hacer nada más por ella y me marche con un nudo en la garganta.

Nada más llegando a Palma, me llamó la cuidadora llorando para decirme que estaba con los médicos, porque me madre había fallecido por un fallo multiorgánico. En estado de shock volvi corriendo a Alcudia y como, afortunadamente, mi  amiga estaba conmigo en el momento de recibir la noticia, se ofreció enseguida a acompañarme.

Cuando vi su cuerpo inerte y sin vida, todas las lágrimas oprimidas durante tanto tiempo brotaron incansablemente de mis ojos y llore deseseperadamente abrazada a la chica que tambien estaba muy triste. Menos mal que contaba con la ayuda de mi amiga para coger las riendas y ocuparse de todo, porque, por la presencia de niños en casa, había que sacar el cuerpo cuanto antes para llevarlo al tanatorio.

En los días posteriores, tenía sentimientos encontrados. Por un lado, estaba aliviada de que el alma de mi madre por fin se habia liberado de la prisión de un cuerpo inerte y. por el otro lado, sentía una inmensa tristeza por la pérdida de la última persona cercana de mi familia. Ya era huérfana y no solo había perdido a mi madre, sino todo lo que había dado sentido a mi vida en los últimos años.

Estaba consciente de que tenía motivos para sentirme orgullosa y satisfecha por el acto de amor que había realizado y, al mismo tiempo, ya persentía las dificultades para volver a llevar "una vida normal".

En mi próximo artículo escribiré sobre todo lo que conlleva un nuevo comienzo, después de una vivencía tan transformadora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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