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Grandes crisis de vida 1ª Una adolescencia truncada

Grandes crisis de vida 1ª   Una adolescencia truncada

Esta vez quiero aprovechar la energía de este mes otoñal para escribir sobre un tema bastante peliagudo: las grandes crisis y desafíos con los que nos afronta la vida sin que podamos hacer nada para evitarlas o huir de ellas.

En los medios y en las redes sociales abundan foros y blogs que confirman que en la vida solo se atrae aquello a lo enfocamos nuestra atención y si solo pensamos y sentimos en positivo, supuestamente nuestra vida debería ser tranquila y armoniosa como una balsa de aceite. Creo que casi todo el mundo ha podido comprobar en primera persona que esto se ajusta poco a realidad.

Por supuesto que es cierto que enfocarnos en todo lo bueno que hay en nuestras vidas nos otorga más fuerza y ánimo para superar cualquier desafío, sin embargo no nos puede librar de vivir desilusiones y experiencias amargas.

La verdad es que forma parte de la vida ver envejecer, enfermar y morir a nuestros seres queridos y más cercanos, experimentar el proceso y la vida y de la muerte en nuestras propias carnes, perder a personas muy importantes en nuestras vidas o perder la vivienda, el trabajo, la salud y muchas otras cosas.

Es una verdad amarga, pero no por ello menos certera y cualquiera que nos quiera convencer de lo contrario, no hace más que alimentar formas de evadirse de realidades que son inevitables para mantenernos en un estado infantil y poco responsable.

La vida es un regalo y llena de maravillas, pero también es compleja y contradictoria y hay temporadas en las que se hace difícil de aguantar, sin embargo estoy convencida de que es perfecta exactamente tal como es, porque nos permite experimentar experiencias muy diversas que nos brindan la oportunidad de aprender y evolucionar.

Sé que no se puede hablar o escribir sobre la superación de crisis fuertes en la vida, si uno no los ha experimentado personalmente, y por supuesto que este también es mi caso.

Hasta ahora he vivido unas cuantas experiencias que me resultaron extremadamente fuertes, y no me estoy refiriendo a disgustos o desilusiones, sino a acontecimientos que marcan para el resto de la vida.  Me gustaría compartirlas y dejar constancia de las diferentes formas de afrontarlas que obviamente han ido cambiando a lo largo de los años.

Después de una niñez bastante tranquila y feliz, en la que simplemente me sentía diferente a la mayoría de las personas por mi alta sensibilidad (véase mi artículo " Con los sentimientos a flor de piel"), de repente y sin previo aviso, el mundo bastante idílico de mi adolescencia se hizo añicos, cuando mi madre tuvo su primera crisis de psicosis aguda y la tuvieron que ingresar de urgencias en una clínica psiquiátrica.

En aquel entonces tenía 14 años y estaba en plena pubertad y fue algo indescriptible ver a mi propia madre totalmente fuera de sí, comportándose como una loca hasta tal punto que tres enfermos la tenían que llevar a la fuerza, porque ella se negaba y les estaba agrediendo.

Durante mucho tiempo tampoco logré quitarme de la cabeza la imagen de mi padre llorando como un niño en aquella fatídica noche, mientras que yo me quede petrificada y bloqueada, pensando que estaba viviendo una pesadilla de la deseaba despertarme en cualquier momento.

Sin embargo, aquella pesadilla se había convertido en una cruda realidad y, aparte de tener que soportar las miradas y cuchicheos de los vecinos que presenciaron el terrible espectáculo, una vez ingresada en la clínica le diagnosticaron a mi madre bipolaridad severa con brotes de psicosis. Ella jamás volvió a ser la misma persona de antes y tenía que vivir fuertemente medicada y pese a eso, cada año tenía que entrar por lo menos una vez en la clínica, cuando le daban brotes de psicosis.

De hecho, ninguno de los tres miembros de nuestra pequeña familia volvió a ser la misma persona que antes.

Mi madre ya sólo era una sombra de sí misma y mi padre tampoco fue capaz de asimilar la nueva situación familiar y empezó a refugiarse en su trabajo y frecuentar bares hasta altas horas de la madrugada para no tener que enfrentarse al drama de su casa, con lo cual me sentía totalmente sola y sin apoyos.

Hace ya mucho tiempo que he perdonado y hecho las paces con mis padres, pero la jovencita de aquellos tiempos sólo podía sentir rabia, frustración y una fuerte sensación de abandono. Sentía que había perdido de golpe a los dos pilares de mi vida y tenía que madurar de la noche a la mañana.

En esos tiempos descubrí que la cara fea de la vida te puede sorprender cuando menos te lo esperas.

Antes de esas fechas, siempre había sido una niña risueña y alegre, un poco traviesa, pero de buen corazón y una excelente estudiante, sin embargo luego pegue un cambio de casi 180 grados y me convertí en una adolescente rebelde y contestona que muchos días faltaba a clase y frecuentaba amistades de dudosa reputación. A los 16 años incluso quise fugarme de casa y de la cuidad, pero una persona nos delató y nos cogieron a tiempo.

Parece que mis planes de fuga, junto a mis pésimas notas en el colegio, sacudieron a mi padre y, como mi madre estaba atravesando una fase tranquila, se tomó la decisión de irnos de vacaciones juntos por primera vez desde la enfermedad de mi madre.

El destino escogido fue el Puerto de Alcudia en Mallorca, que a finales de los setenta era una especie de paraíso con playas casi vírgenes, que tenía muy poco que ver con el centro turístico bullicioso en que se convirtió años más tarde.

Nada más bajar las escaleras del avión, me sentí embriagada por al aire suave con olor a especias de la isla y se puede decir que lo mío con Mallorca fue amor a primera vista y al primer olfato :-)

Recuerdo que me giré y le dije a mi padre: "Este es el sitio donde voy a vivir en cuanto pueda", porque en ese momento ya tenía la certeza absoluta de que eso era cierto.

Nos quedamos tres semanas en la isla y recorrimos muchos rincones y cada día me enamoraba más de la isla. Fue una especie de terapia de cura para mi que me conectó nuevamente con mi alegría de vivir que había estado soterrada.

Y afortunadamente, después de estar unos años a la deriva en los ya no me ilusionaba nada, de repente mi vida volvía a tener un sentido y había algo por lo que me valia la pena vivir.

Me costó mucho volver a mi vida de siempre en Alemania y me acuerdo de que durante todo el vuelo de vuelta no paraba de llorar, sin embargo después de unos días de tristeza, puse en marcha una serie de cosas que me iban a acercar al objetivo que había escogido.

Como en esos años no era posible estudiar español en las escuelas públicas, me matriculé a un curso particular y empecé a estudiar cada día para dominarlo con fluidez lo más pronto posible.

Después de mi firme decisión de irme a vivir a Mallorca, volví a sacar buenas notas en el colegio, porque quería terminar rápido para poder irme a vivir a Mallorca cuanto antes.

Con mis conocimientos actuales, adquiridos por mis experiencias y mi formación, sé que lo que realmente me hizo cambiar fue que mi vida volvía a tener un propósito que me apasionaba tanto que puse toda mi energía en generar las cirunstancias favorables para la realización de mi meta.

En realidad, y sin tener ni idea, me convertí en mi propia coach y me hice mi propio plan de acción a corto, medio y largo plazo. Os puedo asegurar que fue todo un éxito, aunque, al igual que en cualquier camino hacia la meta, tampoco faltaron obstaculos y reveses.

Como a mis padres también les encantó Mallorca, cada año pasábamos un mes en la isla, y durante mi segunda estancia en la isla, hice algunas amistades con las que luego me escribía a menudo y eso también contribuía a mejorar mi dominio de la lengua cada vez más.

Una de las amistades más estrechas de aquellos años fue con una familia de Inca que me invitó a pasar dos meses en su casa en verano cuando tenía 17 años y vine con la idea de quedarme y buscarme un trabajo. Anteriormente mis padres habían tratado de convencerme de que, antes de quedarme a vivir en Mallorca, lo mejor era terminar mis estudios y sacarme una titulación que me iba a servir para encontrar mejores trabajos. 

Como en el fondo solo quería quedarme en Mallorca, pasaba totalmente de sus consejos, así que, al tener plena confianza en la familia, donde me hospedaba, mis padres permitieron que intentara buscarme la vida. De todos modos, se imaginaban de antemano cual iba a ser el resultado y obviamente no se equivocaron.

En aquellos tiempos, Inca era un pueblo donde todo el mundo se conocía y, gracias a la ayuda de mis amigos, efectivamente me ofrecieron un par de trabajos. Sin embargo, al carecer de una formación acabada, se trataba de ser dependienta en una perfumerïa o tienda de ropa con una paga muy precaria por muchas horas de trabajo.

Finalmente me di cuenta de que mis padres tenían razón y acepté volver con ellos a casa para formarme bien para poder encontrar mejores trabajos más adelante. Ya en Alemanía, decidí hacer una formación de secretariado y economías con lenguas extranjeras, que me parecía de gran utilidad para mis planes.

Estoy totalmente convencida de que en esa ocasión mis padres actuaron de la mejor forma al permitirme vivir mis propias experiencias y dejar que me topara con la realidad, en lugar de prohibirme que lo intentara.

Me quede casi tres años más en Alemania y luego, en compañía de una amiga de la misma cuidad que compartía mi pasión por Mallorca, en el 1980 por fin desembarcamos en Mallorca y empezó la aventura de una nueva vida.

En el próximo artículo os contaré las experiencias más destacadas de los siguientes años.

 

 

 

 

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